Italia

El tren se convierte en un buen medio de transporte

para los amantes de viajes sin prisa y sin necesidad de muchas comodidades, sobre todo cuando hay que recorrer unas partes de Italia aún escondidas al turismo.

 

Coger uno de estos antiguos trenes diesel en los que demasiadas veces falta el aire acondicionado en verano y la calefacción en invierno (no fue mi caso) y los asientos no son anatómicos pero si de falso cuero color marrón regala auténticos momentos sobre la vida y las costumbres del lugar visitado.

No escondo mi sorpresa cuando vi llegar el único vagón del tren que tenía que llevarme a la zona del Capo al sur de Lecce. Subí y me dejé acunar por el lento movimiento, recuerdo de tiempos lejanos. Mis momentáneos compañeros de viaje esperaban silenciosos la llegada a su destino mientras el tren recorría su camino rodeado por antiguos olivos parándose en todas las estaciones, algunas de ellas abandonadas en medio de verdes campos a unos kms del pueblo otras aun con sus típicos personajes, como el “capo stazione” y sus compañeros, técnicos controlando la seguridad de esta antigua carretera. Lo que más me sorprendió fue ver uno de ellos mover magistralmente y rapidamente una rueda mecánica . Que sorpresa cuando uno de los jefes de estación me explicó que servía para bajar y subir a través de un cable el eje en el paso a nivel.

Cuando llegué a mi destino me invadió, una vez que el tren se alejó, un denso silencio roto sólo por el motor de algún coche lejano.

Llegué andando al casco antiguo de Alessano, pueblo que en el siglo XII gracias a los normandos vivió un periodo de gran esplendor y expansión. Fue además reconocido como sede episcopal. Más tarde, en el siglo XV, se convirtió con los Gonzaga en el centro más importante de la zona como atestiguan los edificios señoriales que aún hoy se encuentran en el casco antiguo. Hoy es un gracioso pueblo del sur con sus estrechas calles que confluyen en grandes plazas donde surgen nobles palacios.

Muchos portales dejan constancia de un pasado esplendoroso y dan entrada a amplios patios donde los vecinos se reúnen para charlar o comentar algo.

Lo que me pasó de insólito mientras recorría las blancas calles iluminadas por una vespertino sol de mayo fue escuchar un cantinela que en principio no conseguía entender, pero luego cuando me acerqué a su manantial descubrí un grupo de mujeres recitando el rosario en devoción a la Virgén. Aunque me movía hacía ellas a hurtadillas no pude evitar sus miradas de ojos oscuros mientras continuaban recitando sin ningún tipo de titubeo su papel religioso.

La tarde avanzaba por las calles de Alessano y una rara sensación de bienestar se había apoderado de mis decisiones. Decidí quedarme a dormir en el pueblo para luego, el día siguiente, continuar mi viaje en tren o autocar dependiendo de la hora de salida, pero sin volver atrás sino escogiendo otro camino para volver a Lecce.

Al final cuando se decide viajar con los medios de transporte público estas condicionado por muchos factores que no dependen de ti. Pude visitar, otra vez,  pueblos como Maglie y Otranto  pero tardé bastante y me cansé más que en coche. Y a muchos claramente no llegué.
Seguramente fue una experiencia diferente y divertida sobre todo para mí que he recorrido durante años estos lugares en coche.
Para terminar sólo comentaros que un día tuve la posibilidad de llegar a algunas playas en Vespa, una buena solución para quien viaja solo o en pareja y no le molestan en verano los azotes de calor que te sacuden el cuerpo

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